miércoles, 17 de diciembre de 2014

La calle larga

La calle larga
que es la calle del mundo
pasa alrededor del mundo
está llena de gentes de todo el mundo
para no mencionar todas las voces
de toda la gente
que alguna vez existió
Amantes y llorones
vírgenes y dormilones
vendedores de fideos
hombres sandwich
lecheros y oradores
banqueros sin carácter
frágiles amas de casa
enfundadas en naylon
desiertos de publicistas
manadas de potranquitas
saliendo del secundario
multitudes de universitarios
hablando hablando hablando
caminando sin rumbo
o colgándose de las ventanas
prestando atención
a lo que sucede en el mundo
donde todo sucede
tarde o temprano
Y la calle larga
que es la calle más larga
de todo el mundo
pero no tan larga
como parece
pasa de largo
a través de todas las ciudades
y de todos los paisajes
baja todos los callejones
sube todos los boulevares
atraviesa todos los cruces de caminos
cruza luces rojas y luces verdes
ciudades bajo el sol
continentes bajo la lluvia
hambrientos Honkones
las tierras yermas de Tuscaloosa
los Oaklanes del alma
los Dublines
de la imaginación
Y la calle larga rueda y rueda
es un enorme tren a vapor
traqueteando alrededor del mundo
con sus pasajeros llorando a gritos
y bebés y canastas de comida
y perros y gatos
y todos ellos imaginando
quién es el que estará en la cabina
conduciendo el tren
si alguno
el tren que circula alrededor del mundo
como un mundo en movimiento
todos ellos pensando
simplemente qué sucede
si algo
algunos sacan medio cuerpo
por las ventanillas
miran hacia adelante
intentan ver al conductor
en la cabina
de un solo ojo
tratan de verlo
vislumbrar su rostro
cuando giran en una curva
pero nunca lo lograrán
a pesar de que en ocasiones
da la impresión
de que lo verán
La calle se sacude
el tren sigue rodando
con sus ventanas alzándose
sus ventanas las ventanas
de todos los edificios
en todas las calles del mundo
rodando
a través de la luz del mundo
a través de la noche del mundo
con faroles en los pasos a nivel
perdidas luces centelleantes
multitudes en los carnavales
circos nocturnos
prostíbulos y parlamentos
fuentes olvidadas
puertas de sótanos
puertas no halladas
perfiles a la luz de los faroles
danzantes ídolos pálidos
mientras el mundo se estremece
Pero ahora el tren llega
al tramo solitario de la calle
la parte de la calle
que circunvalo los lugares
solitarios del mundo
Y este no es el lugar
donde cambiarás de tren
abordando el Expreso
a las playas de Brighton
Este no es el lugar
donde se pueda hacer algo
Esta es la parte del mundo
donde no se puede hacer nada
donde nadie hace nada
nada en absoluto
Donde nadie está en ningún lugar
ninguno en ningún lado
excepto vos mismo
Ni un espejo
para duplicar tu soledad
Ni un alma
sólo la que te pertenece
tal vez
e incluso quizás
ésa no esté allí
tal vez
no te pertenece
tal vez
porque estás
lo que se dice muerto
has llegado a tu destino
                       Descendé

A Coney Island of the Mind
Lawrence Ferlinghetti



¿Qué buscas aquí?


«Tras el éxito masivo de la primera edición», se celebra en el recinto de exposiciones de la puerta Champerret el segundo salón del vídeo hot. Apenas pongo el pie en la explanada, una joven que ya no recuerdo me da una octavilla. Intento hablar con ella, pero ya ha vuelto junto a un grupito de militantes, cada cual con un paquete de octavillas en la mano, que dan patadas en el suelo para calentarse. Una pregunta cruza la hoja que me han dado: «Qué buscas aquí?» Me acerco a la entrada; el recinto de exposiciones está en el sótano. Dos ascensores ronronean débilmente en medio de un espacio inmenso. Entran hombres, solos o en pequeños grupos. Más que a un templo subterráneo de la lujuria, el lugar recuerda a un Darty. Bajo unos escalones, y luego recojo un catálogo abandonado. Es de Cargo VPC, una compañía de venta por correo especializada en vídeos X. Pues sí, ¿qué hago yo aquí?

Al volver al metro, empiezo a leer la octavilla. Bajo el título «La pornografía te pudre la cabeza» desarrolla la siguiente argumentación: en casa de todos los delincuentes sexuales, violadores, pedófilos, etc., se encuentran siempre numerosas cintas pornográficas. «Según todos los estudios», el visionado repetido de cintas pornográficas provoca una confusión de las fronteras entre la fantasía y la realidad, facilitando el paso a la acción, a la vez que despoja a las «prácticas sexuales convencionales» de cualquier atractivo.

«¿Usted que cree?» Oigo la pregunta antes de ver a mi interlocutor, que se ha parado delante de mí. Joven, con el pelo corto, cara inteligente y un poco ansiosa. Llega el metro, y así me da tiempo a recuperarme de la sorpresa. Durante años he andado por las calles preguntándome si llegaría un día en que alguien me dirigiese la palabra... para otra cosa que no fuera pedirme dinero. Y resulta que ese día ha llegado. Gracias al segundo salón del vídeo hot.

Al contrario de lo que pensaba, no se trata de un militante antipornografía. De hecho, viene del salón. Ha entrado. Y lo que ha visto le ha hecho sentirse incómodo. «Sólo hombres... con algo violento en la mirada.» Contesto que el deseo suele imponer a los rasgos una máscara tensa, violenta, sí. Pero no, ya lo sabe, no habla de la violencia del deseo, sino de una violencia realmente violenta. «Me he visto entre grupos de hombres...», el recuerdo parece angustiarle un poco, «muchas cintas de violaciones, de sesiones de tortura... estaban excitados, sus ojos, la atmósfera... Era...» Yo escucho y espero. «Tengo la impresión de que las cosas van a acabar mal», concluye bruscamente antes de bajarse en la
estación de Opéra.

Mucho más tarde, en mi casa, me acuerdo del catálogo de Cargo VPC. El guión de Sodomías adolescentes nos promete «salchichas de Frankfurt en el agujerito, el sexo atiborrado de raviolis, un buen polvo en salsa de tomate». El de Corrida ardiente n.° 6 está protagonizado por «Rocco, el arador de culos: rubias afeitadas o húmedas morenas, Rocco convierte los anos en volcanes para
escupir en ellos su lava ardiente». Y el resumen de Guarros violadas n.° 2 merece ser citado íntegramente: «Cinco magníficas guarras agredidas, sodomizadas, violadas por sádicos. Aunque
luchen y saquen las uñas, terminarán molidas a golpes, convertidas envacíacojones humanos.» Hay sesenta páginas del mismo estilo. Confieso que no me lo esperaba. Por primera vez en mi vida, empiezo a sentir una vaga simpatía por las feministas norteamericanas. Sí que desde hace algunos años había oído hablar de la aparición de la moda trash, pero creí, tontamente, que sólo se trataba de la explotación de un nuevo sector del mercado. Tonterías de economista, me dice al día siguiente mi amiga Angèle, autora de una tesis de doctorado sobre el comportamiento mimético de los reptiles. El fenómeno es mucho más profundo. «Para reafirmar su potencia viril», afirma en tono festivo, «el hombre ya no se conforma con la simple penetración. Se siente constantemente evaluado, juzgado, comparado con los demás machos. Para librarse de ese malestar, para llegar a sentir placer, ahora necesita golpear, humillar y envilecer a su compañera; sentirla completamente a su merced. Por otra parte», concluye con una sonrisa, «este fenómeno empieza a observarse también en las mujeres.»

«Pues sí que estamos jodidos», digo al cabo de un rato. Pues sí, opina. Desde luego que sí.


El mundo como supermercado
Michel Houellebecq

viernes, 5 de diciembre de 2014

La envidia

Todos sabemos que la envidia es un vicio múltiple: engrandece y deforma el “yo”, al cotejarlo a menudo con los demás y extraer conclusiones que lo humillan. La piel del envidioso arde y hasta puede quemarse sola en el cotejo con las ventajas del otro; el envidioso vive para magnificar o inventar defectos ajenos, buscando difundir su odio al “otro” entre los amigos, con la esperanza de formar un bando propio contra los supuestos rivales. En fin, el envidioso tiene los ojos miopes y difunde chismes como una profesión.

Una vez en Madrid, atendí a un escritor novel, quien volvía ufano de conocer París, como si eso equivaliese a lanzar un libro. Le pregunté por Ribeyro, quien justamente vivía en París.

–¿Pues no lo sabes? –replicó, los ojos quizá brillantes y satisfechos–. Murió hace unos días.

Era 1975, y mi mujer y yo habíamos visitado París dos años atrás, cuando Ribeyro sufrió una intervención quirúrgica, de la cual salió airoso.

–¿Estás seguro? –pregunté–. Porque hace dos años él salvó, ¿verdad?
–No, no –repitió, bebiendo feliz, el jerez que yo le invitaba–. Está muerto, muerto.

Esa noche, conturbados, mi mujer y yo telefoneamos al número de Ribeyro en París. De antemano sabíamos que nos respondería Alida.

Hola –dije–, llamo desde Madrid. ¿Cómo están ustedes? ¿Qué hay de novedades?

–Llueve mucho –dijo ella–. Pero Julio Ramón tiene que salir a la embajada y se está poniendo los chanclos, el impermeable de doble forro, los guantes, en fin, y sin olvidar el paraguas, toda la parafernalia que no se usa jamás en Lima. ¿Quieres hablar con él?

Y luego hablé felizmente con el “muerto”. Años después, en Lima, me atreví a contarle la anécdota.

–Sí –dijo–, no sé qué le pasa a ese colega. También me contó una vez que tú habías muerto.

Carlos Eduardo Zavaleta