viernes, 9 de junio de 2017

EL TALENTO Y EL GENIO

Kobayashi:
En cambio, Dostoievski sí que aborda la cuestión de la belleza en Los hermanos
Karamazov, concretamente a través de la figura de Dimitri, el hermano mayor de Iván.

Mishima:
En el capítulo de la confesión, el autor reitera una y otra vez que la belleza es algo terrible.

Kobayashi:
Correcto. Raskólnikov, en cambio, no asume la cuestión de la belleza. Dostoievski tenía la idea inicial de escribir Crimen y castigo en forma de confesión. Así lo demuestra la existencia de algunos manuscritos fechados con anterioridad a la aparición de la obra en los cuales la novela está estructurada de esa forma. Después abandonó esa idea inicial, pues pensaba que el estilo confesional no era el más idóneo para la secuencia novelada de la historia. Dejó esta idea y, a cambio, escribió un libro sobre problemas morales. En
conclusión, Crimen y castigo es una novela sobre un demente obsesionado por la moral. De hecho, la confesión de un loco obseso es difícil que se convierta en novela. Por este motivo, el escritor ruso no pudo hacer otra cosa que reescribir todo de nuevo con realismo y en tercera persona. Y a fin de poder escribir con realismo tuvo que eliminar cualquier tinte subjetivo de la confesión del protagonista, el cual, por esa misma razón, pudo mantenerse en el mundo de la confesión solamente hasta el momento del asesinato. A partir de ahí ya no le fue posible permanecer segregado en ese mundo solitario de la confesión y tuvo que salir al mundo real. Y aquí es donde nace el tema de la novela.

Cabe la probabilidad de que Dostoievski siguiera estas mismas líneas cuando escribía su obra. En tu novela, en cambio, ocurre exactamente al revés. El pabellón de oro hace hincapié en el significado subjetivo de la confesión. Todos los demás elementos novelescos, incluidos los personajes, viven en el mundo de la confesión del protagonista. ¿No es así?

Mishima:
Sí, sí, así es.

Kobayashi:
El protagonista de tu novela realmente no mantiene relación alguna con los otros personajes. Por eso, cómo diría…

Mishima:
… no llega a haber drama.

Kobayashi:
Eso es: no lo hay. Lo que hay es un poema lírico. Por supuesto, creo que tú mismo pensabas escribirlo con tal intención en mente. Por eso, hay tantas cosas verdaderamente bellas desde el punto de vista lírico. Hasta quizá demasiadas. Cuando leía tu novela, y te hablo con toda franqueza, tenía la impresión de que dentro de ti hay algo terrible: tu talento.

Mishima:
[Ríe.]

Kobayashi:
Lo que quiero decir es que a veces decimos de alguien que tiene sólo talento y nada más que talento, ¿verdad? Bueno, pero lo que pasa contigo es que tú tienes muchísimo, una cantidad extraordinaria de talento. Tal exuberancia de talento se convierte en una especie de fuerza misteriosa, en algo diabólico. Sí, tu talento es tan enorme, que se transforma en una especie de poder mágico. Siento que estoy hechizado por esta circunstancia tuya, por la inventiva tuya al crear tal flujo de imágenes que mana sin parar. Tú no necesitas más, ¿verdad?

Mishima:
No, no lo necesito.

Kobayashi:
Es decir, lo que haces es rehuir toda forma de realismo, toda conexión con el mundo real y limitarte a inventar todo con tu cabeza, ¿no es así?

Mishima:
Sí.

Kobayashi:
Este talento tuyo, este inmenso talento que tienes es interesante. Digo «interesante» en el buen sentido. Por eso, cuando te leía, no sentía aburrimiento ni un segundo. Está claro que eres capaz de enganchar al lector, engancharlo y llevártelo impetuosamente, es decir, arrebatarlo. Dentro de esto he reconocido tu poder. Es la sensación que he tenido cada que vez que leía tus obras. Una sensación ya experimentada al leer El rumor del oleaje[71], pero esta vez, con El pabellón de oro, ese poder me ha parecido más opulento, más intenso, más apasionado. Supongo que amas tu propio talento. Estoy seguro de que tienes una gran confianza en tu talento y lo amas con más fuerza de lo habitual. En algún sitio he tratado de esto.

Mishima:
Sí, hay un ensayo suyo en donde trata del genio en relación con el talento. ¿Cree usted que es posible que un genio se ame a sí mismo?

Kobayashi:
Es una pregunta que me pone en un aprieto. Pero sí, tengo la sensación de que sí que es posible.

Mishima:
Era en su ensayo sobre Mozart donde…

Kobayashi:
Sí, para Mozart la belleza…

Mishima:
Los llamados genios no se aman a sí mismos en absoluto, ¿no cree usted? Por ejemplo, los músicos como él, o incluso los pintores…

Kobayashi:
Al crear de manera inconsciente…

Mishima:
Sí, sí. Pero cuando toman conciencia de lo que están creando, tal vez se ven impulsados inevitablemente a amarse a sí mismos.

Kobayashi:
Pero la conciencia de Mozart era la conciencia del sonido, no de la palabra. Kierkegaard considera esa conciencia, la del sonido, como inconsciencia sensual. Por eso, cuando hablamos de la conciencia, salimos del mundo de la música y entramos en el de la literatura. Otra observación interesante de Kierkegaard es que la conciencia no es amor, sino que el amor es conciencia. Bueno, volviendo a tu libro, creo que también habría estado bien que el tema de El pabellón de oro no hubiese sido el de la belleza, ¿no? Es decir, tu intención principal era describir el proceso de destrucción emprendido por un hombre acosado por una obsesión, ¿no es eso?

Mishima:
Sí, así es. Por lo tanto, podría, en efecto, no haber sido la belleza el tema principal. En las novelas de los escritores naturalistas, los hombres estaban obsesionados por la fealdad; yo, en cambio, he preferido escribir sobre un hombre obsesionado por la belleza en cuanto emblema del artista. Leí una crítica interesante sobre mi novela. Decía que mi obra se encuadraba en el género de novelas sobre la problemática del artista, y que el aspecto más llamativo y excéntrico era que el protagonista fuera un monje. Efectivamente, mi intención era escribir algo dentro de ese género de obras.
Kobayashi: Sin embargo, a mí me parece que no estamos ante una novela.
Mishima: Sí, sí, entiendo.

Ultimas palabras
Cabría buscarle las costuras al vampirismo gitano (que en España alcanza dramáticas tensiones) poniéndolo en relación con el pneuma de los gnósticos. La lengua romaní llama mulo, participio pasado del verbo merau (morir), al cadáver de raza calé que abandona su tumba por la noche y regresa a ella con el primer canto del gallo. Dije vampiro, pero se trata más bien de un zombi, pues entre sus apetitos venéreos (que los tiene y a eso, a tracatrá, se reduce en definitiva la noctámbula resurreción) no figura el inteligente frenesí del chupador de sangre. Los mulé (con desinencia de plural) también se incorporan durante las doce campanadas del mediodía, tiempo muerto que divide el sol levante y el del poniente, y aleph crucial de las jornadas que el rumi de Iberia vive con emotiva hipersensibilidad. Recuerdo, a propósito de vampirismos, lo que en su diario de viajes decía un tal Davillier, francés decimonónico de esos que entonces nos visitaban buscando desahogo para su romanticismo. Asistió el europeo a la ya entonces clásica juerga del Sacromonte y no escondió su terror ante una gitana vieja, arquetipo de la bruja, que estuvo toda la noche acurrucada a los pies de una pared sobre cuyo albor se advertía la azufrosa osambre de un gigantesco murciélago. Estoy citando de memoria. La gitana era, en efecto, bruja, y de las más ilustres de Granada. Detalles. Como lo es también el barbarismo recientemente incorporado a la lengua castellana: dar mulé dicen ya a menudo hampones y majos como circunloquio de matar. Y cabría, sobre todo, orientar la disección hacia lo mucho que en los zincali de España se revela peculiar y exclusivo. ¿Habrá que mencionarlo? Dos macrocosmos: tauromaquia y flamenco (ciñéndonos a lo esencial). Tacones, guitarra, voz ventrílocua de aguardiente, cintura de doncella minoica corriendo el toro, manos de bailarina balinesa e invocaciones a Alá disfrazadas de olé. Europa se romperá una y otra vez los cuernos contra este disparate sincretista. «Sólo los gitanos húngaros, rusos y españoles tienen talento musical. Los de otros países se han demostrado verdaderas nulidades. Este dato nos infunde una sospecha: ¿resultará el calé de Andalucía discípulo en vez de maestro?». Si tal sugiere el cante jondo, no digamos lo taurino.

Gargorís y Habidis
Fernando Sánchez-Dragó
Para ti, África siempre ha supuesto una gran fascinación y un continente que conoces al dedillo, ¿no es cierto?

Es falso, porque nadie conoce África al dedillo. Los españoles descubrimos América en 1492 y cuarenta años más tarde se había recorrido el continente de punta a rabo y se habían fundado ciudades tan fabulosas como Santo Domingo o Buenos Aires. Sin embargo, África no fue atravesada de lado a lado por el doctor Livingston y el periodista Stanley hasta el 1800, lo que demuestra que no sólo los españoles, sino el mundo entero, desconocen África. Es un continente maravilloso, y significó mucho para mí al comienzo de mi carrera, porque cuando uno se ha criado en el desierto, no se resigna a pasarse el resto de su vida en la redacción de un periódico, ni a sentarse diez horas frente a una máquina de escribir tecleando sobre cosas de las que la mayor parte de las veces ni siquiera ha sido testigo. No, cuando uno se ha criado en el desierto y se ha empapado de libros que le hablan del maravilloso mundo que está ahí afuera, quiere ir a verlo con sus propios ojos. Al poco de acabar en la Escuela de Periodismo volví al continente donde han transcurrido tantos años de mi vida, donde nació el primer ser humano y comenzó la civilización; lo he recorrido de norte a sur y de este a oeste, pero aún me queda mucho por ver y descubrir, porque allí hay lugares que el ser humano aún no ha conseguido atravesar. Uno de ellos es El Sud, situado entre Sudán y la frontera con República Centroafricana y Uganda, donde cuando llegan las grandes lluvias el río Nilo se inunda y arrastra tanta maleza que tapona el cauce y se forma una laguna inmensa, tan grande como Andalucía, que nadie ha logrado atravesar en su totalidad. Esta especie de dique natural que impide que el Nilo se desborde es una región gigantesca de agua poco profunda y con cañaverales de gran altura que forman un muro imposible de atravesar. Algunos nativos que viven allí, los dinkas, pueden llegar a morir sin haber pisado nunca tierra firme. Cuando los faraones quisieron averiguar dónde nacía el sagrado «Padre Nilo» enviaron a sus ejércitos a la zona, pero ninguno regresó. Los romanos y los ingleses mandaron de igual modo a varias expediciones y no se volvió a saber de ellas. El nacimiento del río Nilo sólo se descubrió cuando Burton viajó al lago Victoria desde la costa del océano índico, por lo que todavía nadie ha conseguido atravesar esa región maldita. Yo anduve por ella porque hay muchos elefantes y estuve un par de veces en El Sud, pero te garantizo que tampoco logré atravesarlo.

Siete vidas y media
Alberto Vázquez-Figueroa

viernes, 24 de marzo de 2017

El mar del verano, la carretera de asfalto caliente en declive...

El mar del verano, la carretera de asfalto caliente en declive, esta 
                                                                        hierba, estas chozas que me hicieron, 
jungla y cuchilla siembran hierba brillando tenuemente junto a la cuneta, 
el filo del arte; 
las cochinillas bullen en el bosque sagrado, 
nada puede hacerlas salir con fuego, están en la sangre; 
sus bocas rosas, como querubes, cantan de la lenta ciencia 
del morir -todo cabezas, con, en cada oreja, un ala diáfana. 
Arriba, en la Reserva Forestal, antes de que las ramas irrumpan en el mar, 
miré por la ventana móvil y herbosa y pensé «pinos» 
o coníferas de algún tipo. Pensé, deben de sufrir 
en este calor tropical con su idea infantil de Rusia. 
Entonces, de pronto, de sus troncos pudriéndose, signos perturbadores 
de la fe que traicioné, o la fe que me traicionó- 
mariposas amarillas alzándose en la carretera a Valencia 
balbuciendo «sí« ante la resurrección: «sí, sí es nuestra respuesta», 
El Nunc Dimittis de su coro verdadero. 
¿Dónde está mi libro de himnos de niño, los poemas ribeteados 
con hoja de oro, el cielo que adoro sin fe en el cielo, 
mientras el Verbo, apenado, se volvió hacia la poesía? 

¡Ah, pan de vida que sólo el amor sabe leudar!la hierba agradecida brotará espesa de su corazón.



 Derek Walcott

jueves, 5 de enero de 2017

El Whisky

WHISKY (el). Rubén Darío distinguía entre poetas secos y húmedos. Generalmente le gustaban más los húmedos, como él.
La aleación droga/literatura viene del Romanticismo, aunque Homero habla demasiado del vino como para no ser sospechoso. Los románticos tomaban ajenjo, opio y otras medicinas. Balzac se remediaba con cincuenta cafés diarios. De los whiskies de Aldecoa ya se ha hablado en este diccionario. Yo he escrito con anfetaminas y fenobarbital casi toda mi obra, más la sedación del valium. Azorín, que era agüista, deja una obra sequiza y pobre. El diazepán es bueno para los nervios y el fenobarbital para la inspiración, porque la inspiración es química, contra todo tópico romántico.

En esto son maestros los norteamericanos. Hemingway y el whisky. Tennessee Williams y el seconal, que le serviría asimismo para suicidarse. Una vez que vio a su novio escribir con esta aleación le dijo:
—Vas a escribir en seco. Esto se deja para después de los cincuenta, cuando ya no te va a dar tiempo de ser adicto a nada. Uno se muere.
TW el seconal lo tomaba con martini. Cela empezó con vino tinto con sifón. Luego pasaría al whisky, quizá en Mistress Caldwell habla con su hijo. El ser humano se ha drogado siempre, de una manera u otra, para ser más él, no para salir de sí mismo, como se ha dicho. El alcohol, que es de lo que aquí estamos hablando, no se lleva al individuo lejos de sí, no lo atenúa, sino que le desciende a sus infiernos interiores, inferiores. El alcohol es el estado poético del que no es poeta. En cuanto al poeta, al escritor, al artista, el alcohol mata en él al hombre cotidiano, al ser prosaico, le deja desnudo, descalzo, en contacto con todas las corrientes y mareas de la tierra, y de ahí nace una prosa o una poesía ignorada, indecible, mejor.
Claro que las ideas y las metáforas no están en la botella, sino en la cabeza, y puede que en el hígado y los testículos. Lo que hace el whisky es quemar la corteza de convencionalismos, costumbres, usos, rutinas y frases hechas que nos visten. El whisky quema nuestra ropa vieja y burguesa y quema también la apariencia noble y notarial del idioma, para que alumbre otro idioma más intenso, vivo y sabio.
Hasta don Marcelino Menéndez Pelayo hacía sus erudiciones con vino. El que se emborracha es el idioma.
Quizá el alcohol actúa más sobre el idioma que sobre el escritor. Enriquece las palabras y las pone en comunicación insospechada, unas con otras, de manera alucinatoria y muy racional al mismo tiempo. El poeta Claudio Rodríguez, autor de Don de la ebriedad es fama que escribe siempre muy sobrio. Claro que los mayores libertarios de la palabra, los surrealistas, consideraban inútil y deshonroso lo conseguido mediante cualquier droga o estimulante. Su ejercicio consistía en liberar la mente, en abandonarla al azar de su propia combinatoria, sin enviscarla mediante recursos externos. Y así consiguieron asociaciones y visiones de un irracionalismo lúcido que no se ha vuelto a dar.

El organismo está dotado de sus propios estupefacientes, y no hay más que dejarlos fluir. La maquinaria mental (que es todo el cuerpo), asociada a la maquinaria del lenguaje, basta para producir todo el pensamiento, todo el lirismo y toda la hermosa locura de la especie.
El alcohol, pues, no es sino una simplificación del proceso, una abreviación, o el trámite necesario para que el proceso se ponga en marcha. En el whisky hay más calorías que metáforas, pero las metáforas del whisky siguen fascinándonos como imágenes doradas, quemadas en oro, líquidas y fluentes.
Hemos citado el café. Citemos un posible epitafio de Balzac que él mismo se hizo: «Vivió y murió de cincuenta mil tazas de café».


Diccionario de Literatura 
Francisco Umbral