viernes, 24 de marzo de 2017

El mar del verano, la carretera de asfalto caliente en declive...

El mar del verano, la carretera de asfalto caliente en declive, esta 
                                                                        hierba, estas chozas que me hicieron, 
jungla y cuchilla siembran hierba brillando tenuemente junto a la cuneta, 
el filo del arte; 
las cochinillas bullen en el bosque sagrado, 
nada puede hacerlas salir con fuego, están en la sangre; 
sus bocas rosas, como querubes, cantan de la lenta ciencia 
del morir -todo cabezas, con, en cada oreja, un ala diáfana. 
Arriba, en la Reserva Forestal, antes de que las ramas irrumpan en el mar, 
miré por la ventana móvil y herbosa y pensé «pinos» 
o coníferas de algún tipo. Pensé, deben de sufrir 
en este calor tropical con su idea infantil de Rusia. 
Entonces, de pronto, de sus troncos pudriéndose, signos perturbadores 
de la fe que traicioné, o la fe que me traicionó- 
mariposas amarillas alzándose en la carretera a Valencia 
balbuciendo «sí« ante la resurrección: «sí, sí es nuestra respuesta», 
El Nunc Dimittis de su coro verdadero. 
¿Dónde está mi libro de himnos de niño, los poemas ribeteados 
con hoja de oro, el cielo que adoro sin fe en el cielo, 
mientras el Verbo, apenado, se volvió hacia la poesía? 

¡Ah, pan de vida que sólo el amor sabe leudar!la hierba agradecida brotará espesa de su corazón.



 Derek Walcott

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