viernes, 9 de junio de 2017

Cabría buscarle las costuras al vampirismo gitano (que en España alcanza dramáticas tensiones) poniéndolo en relación con el pneuma de los gnósticos. La lengua romaní llama mulo, participio pasado del verbo merau (morir), al cadáver de raza calé que abandona su tumba por la noche y regresa a ella con el primer canto del gallo. Dije vampiro, pero se trata más bien de un zombi, pues entre sus apetitos venéreos (que los tiene y a eso, a tracatrá, se reduce en definitiva la noctámbula resurreción) no figura el inteligente frenesí del chupador de sangre. Los mulé (con desinencia de plural) también se incorporan durante las doce campanadas del mediodía, tiempo muerto que divide el sol levante y el del poniente, y aleph crucial de las jornadas que el rumi de Iberia vive con emotiva hipersensibilidad. Recuerdo, a propósito de vampirismos, lo que en su diario de viajes decía un tal Davillier, francés decimonónico de esos que entonces nos visitaban buscando desahogo para su romanticismo. Asistió el europeo a la ya entonces clásica juerga del Sacromonte y no escondió su terror ante una gitana vieja, arquetipo de la bruja, que estuvo toda la noche acurrucada a los pies de una pared sobre cuyo albor se advertía la azufrosa osambre de un gigantesco murciélago. Estoy citando de memoria. La gitana era, en efecto, bruja, y de las más ilustres de Granada. Detalles. Como lo es también el barbarismo recientemente incorporado a la lengua castellana: dar mulé dicen ya a menudo hampones y majos como circunloquio de matar. Y cabría, sobre todo, orientar la disección hacia lo mucho que en los zincali de España se revela peculiar y exclusivo. ¿Habrá que mencionarlo? Dos macrocosmos: tauromaquia y flamenco (ciñéndonos a lo esencial). Tacones, guitarra, voz ventrílocua de aguardiente, cintura de doncella minoica corriendo el toro, manos de bailarina balinesa e invocaciones a Alá disfrazadas de olé. Europa se romperá una y otra vez los cuernos contra este disparate sincretista. «Sólo los gitanos húngaros, rusos y españoles tienen talento musical. Los de otros países se han demostrado verdaderas nulidades. Este dato nos infunde una sospecha: ¿resultará el calé de Andalucía discípulo en vez de maestro?». Si tal sugiere el cante jondo, no digamos lo taurino.

Gargorís y Habidis
Fernando Sánchez-Dragó

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